Todo estaba cambiando, muy raramente y a un ritmo que no podía controlar. Las palabras viajaban demasiado
rápido como para poder comprenderlas. Cada vez que me miraba, se desvanecían sus ojos con el viento. Así como nada era tan claro ahora, tampoco lo fue en aquellos días. No recuerdo mucho tampoco
como comenzó este remolino de disgusto y afección. Recuerdo mucho de tan pocas cosas con él; en su momento fui yo, tal vez, la que creyó que estábamos viviendo muchas cosas tan rápidamente. No me
importaba demasiado tampoco, debo decir que llegué a pensar que no nos aburriríamos, que nunca llegaríamos a una rutina. Creí que, menos que nada, tendríamos un final. Esperaba que todo cerrara
bajo una sucesión de palabras, situaciones, que tendría un verdadero desenlace. Pero, sin apuro, volvamos al comienzo.
De aquel encuentro apenas quedaban frases sueltas, el recuerdo de una expresión, alguna mirada por perdida.
Si, de aquello no hay mucho por decir pero, era arcano y fidedigno, era espontáneo y persuasivo.
No obstante, nos encontrábamos muy lejos de la realidad. Ninguno de los dos era lo suficientemente consciente
como para declinar la bandera. Quizá fue el factor más peligroso de todos y a su vez el más excitante. Aunque soy de esas personas que consideran que al acercamiento disminuye el deseo, me
enferma reconocer que cada momento era bastante sugestivo. Pero aún así, en su momento, todo parecía ir encaminado hacia algún lugar.
....
No me encontraba cerca de mí, estaba tan lejos de todo lo que conocía. Detesto saber que nada podía distraerme
de él. Para mí todo era nuevo, me encontraba desprotegida, frágil, y recién en estos tiempos de confusión lo comprendo por completo.
Es inútil, no puedo describir las situaciones que compartimos.
No lo sé, realmente prefiero olvidarlo.
Compartíamos muchísimo y, al mismo tiempo, solo un cigarrillo por la madrugada. Creo que, a pesar de los
gestos, sólo era eso: un cigarrillo algunas madrugadas. O así empezó, quizá.
No nos encontrábamos nada lejos. Hablábamos el mismo idioma, bueno, aún lo hacemos. Pero, evidentemente, no
buscábamos las mismas cosas, ni mucho menos. Ahora que lo pienso, no había muchos ánimos de entendernos. Las palabras no tenían el mismo valor en un oído ajeno, a pesar de la intención con las
que fueron pronunciadas. Como dije, tenía que ver con la velocidad de su viaje, y no había tiempo para ponerse a comprender cada conjunción de letras. No, en ese sentido, no hablamos nunca el
mismo idioma.
Sólo permitiendo que nos conduzca una corriente de impulsos, por lo que, no queríamos entender ninguna
palabra. Encontramos algo que no imaginamos que podíamos encontrar en aquel lugar, en aquel momento, por aquellos días. Fue muy imprevisto. No le esperábamos, de ninguna manera. Pero cuando
notamos lo que estaba pasando la moneda ya estaba girando en el aire, sobre nosotros.
Más allá de nosotros, nuestros mundos no dejaron de girar, los tiempos no se detuvieron en ninguna fotografía.
Comenzábamos a perder el control de nuestros propios principios, de nuestros propios pensamientos; y aún así no aceptábamos la idea de tener que perder lo que nunca construimos. ¿Cómo
explicarlo?
Lo que teníamos, que a su vez, nunca tuvimos, comenzó a perder todo su valor. El ritmo de las situaciones
había cambiado, los humores, las miradas. Lo único que quedaba entre nosotros era un mismo sentimiento, una misma intención: no perder lo que, en realidad, ya se había perdido. Lo que nunca
existió, lo que sólo había crecido en una fantasía.
…
Me sorprende poder decir tanto de tan poco. Entre idas y vueltas, existió un instante único, un instante que
por mi parte considero que ninguno de los dos lo esperaba. Por lo menos en ese momento lo creí, cuando la moneda se decidió y cayó comprendí un montón de cosas. Pero me estoy
apresurando.
Volvamos al instante.
Volvamos a esa acción que yo no creí casual.
Mirándonos a los ojos, algo nos empujo con fuerza. Y ninguno de los dos ofreció alguna
resistencia.
Unos segundos después me encontraba rozando sus labios, un comienzo que no sugerí en ningún momento. El
comienzo se fundió en un beso, un increíble beso. De esos que hacen que tu centro crezca, y no de amor, de paz. No duró lo mismo que tardé en decirlo, pero fue tan fugaz como muchos otros
gestos.
- Fue increíble. Sentí algo que hacía mucho que no sentía. Gracias.- dijo dirigiendo su mirada a la
mía.
No me pregunten donde quedó eso. Sólo lo escuché y allí fue donde creí que tendríamos algún final, por lo
menos, de alguna manera.
Sucedieron, luego, uno que otro hecho parecido. Reconozco que bastante sugestivos, y a su vez, con límites.
Esos límites que no declarábamos nosotros, los imponía estas rutinas de nuestros mundos. Ya nada estaba en nuestras manos.
Ahora todo era completamente diferente. Era como, ir un fin de semana al campo y volver repentinamente a la
rutina sin darte cuenta por completo.
…
¡Cuanta ingenuidad cabe en mi persona!
A veces todo era tan homogéneo y se formaban ambientes de transparencia unánime. Otras, los ambientes eran
suficientemente austeros como para que mi corazón se corrompa de tristeza, no por ilusión sino por sorpresa. Dejar de repente ese “que se yo” que también poseen las calles de Buenos Aires, seria
demasiado triste para poder pensarlo. Aunque ya lo perdí, perdí ese “que se yo” que tanto me llenaba, que tantas veces me impulsó a hacer lo que más amo. Realmente, que se yo.
Ya mucho no puedo decir de lo que sentía, menos de lo que a él se le cruzaba por los sentidos. Siempre
llegando a lo mismo: a este tormento de sentimientos, a lo que siento hoy con respecto a, a cuánto extraño esa relación. Una relación que no correspondía al amor ni la amistad: a una simple y
segura compañía. Bueno, no del todo segura dado que, sigo apurando los hechos. Bien, volvamos.
¿Dónde estaba? Ah, si. Lo recordé.
…
El beso. Los besos. No fueron demasiados pero fueron los necesarios como para embarrar las
compañías.
A ver, nuestra relación era, ¿Cómo decirlo?, interesante. Era de esas compañías que no cabe necesidad de
llamar, de visitar. Contar y escuchar.
Recuerdo una noche, llovía, demasiado. Nos encontramos con la idea de compartirla, de disfrutarla juntos. De
que ya no importe más que sentir las gotas del cielo golpeando en el suelo, en los cuerpos.
Sí, definitivamente, soy de esas personas que la mayoría odia por querer acercarme tanto a lo transparente, a
lo simple. Tal vez no me odies, pero créeme que hay muchos que lo creen estúpido y una perdida de tiempo. A lo que les respondería: ¡chupala, vos te lo perdés! Creo que es la posibilidad más
cercana a ser eternos por un segundo. ¿Qué mejor que ser un segundo eterno? Prefiero ser eterna un segundo y no que mis segundos se hagan eternos estando sedentaria.
La lluvia, la noche. Era demasiado perfecto para la sinceridad. Para dejarse llevar por los olores húmedos.
Esa noche nos perdimos en una de estas calles tan de barrio. Pero, para mi suerte la lluvia cesó. Sí, lo detesté. Pero aún así, las nubes se marcharon y las estrellas iluminaron la noche. Y todo
comenzó afluir por sí natural. Todo se había encerrado en un mundo a parte, donde éramos el y yo, sin nada más en que pensar, solo hablar y escuchar.
Más allá de las cosas nombradas, discutidas, habladas. Quedaban muchas mas por el aire, que tal vez decidieron
irse con las nubes grises para no manchar la noche de amargura.
…
De todas maneras, esa noche, yo había dicho demasiado. Yo y mi estúpida sinceridad, debí haberlo guardado para
mí. Tengo que dejar de decir lo que siento, de demostrar lo que pienso. No, no le encuentro otra conclusión. Alguno debe estar pensando que estoy equivocada, que tengo conclusiones negativas.
Pero es muy difícil cuando se esta de mi lado. Cuando se ve desde mi punto de vista las cosas se ven diferentes.
Me importa muy poco lo que mis palabras lleguen a producir para con mi persona, debo y es necesario decir que
es todo lo que hay. Si, al igual que vos tengo un cerebro, un poco intoxicado. Un corazón, alguna que otra vez agujereado. Un estomago, un poco pateado. Pero no soy más que vos, ni mucho menos.
Tal vez estemos en una repisa de estante solitario.
< ¿Por qué digo esto? > Es una buena pregunta. Porque me enferma la gente como él. No, no lo odio,
me considero una de las personas menos rencorosas. Pero cada vez que se me cruza por la cabeza desilusiona. Las personas así, desilusionan y mucho. Te dejan devastado y con las manos
vacías.
Me estoy yendo del tema y al mismo tiempo no. Pero, me dieron la espalda muchas veces, innumerables podría
decir. Estas personas que ahora ocupan líneas y líneas me rodean, todos los días. Me patearon fuerte y muchas veces, estoy dolida por las espaldas que intentas acariciar y queman tu mano, ásperas
como las mañanas de invierno de las que no hay manera de seducir al calor. Basta. No merecen ni que las piense, mucho menos que las describa en mis páginas.
Exactamente, como dije, él pasó a ser de ese grupo de personas detestables para mí. Por eso mismo ahora, se
insertan las dudas, ya no sé si continuar con estas palabras, con hechos y no.
Déjame pensarlo.
Ya no sé si hay mucho más para decir.
Ya no sé si vale la pena continuar escribiendo.
¿Para qué?
…
Utilizó palabras ajenas, ya escritas, ya pronunciadas para venderme su “felicidad”; ¿su felicidad?, sí, cómo
no. Eran palabras hermosas, demasiado, y muy bien sugestionadas. Pero se quebraron y se perdieron tan drásticamente. ¡La puta madre!
Lo lamento, pero cada vez que lo recuerdo no puedo evitar que se envenenen estas memorias, que lloren tan
solitariamente. Aún no comprendo cómo, si según él era tan profundo, se perdió tan violentamente. Tan egoístas fueron sus sentidos.
Fue tan inmenso y a su vez tan tristemente lamentable.
Sigo pensando que es completamente absurdo.
Hasta podría llegar a decir que si, en algún momento, existió la posibilidad de que todo se perdiera mas
lentamente, era yo quien no lo permitía. Sí, ahora me doy cuenta que fue todo mi culpa.
Pasada una sola noche se tomó el atrevimiento de hacerme creer que le importa, de mentirme otra vez. Así lo
tomé yo, obviamente. Como de quien viene. Rodeo me espalda con su brazo y beso mi cabeza. ¿Qué carajo? ¿Te pones papel de padre ahora? Por favor, sé realista. Por un lado, reconozco, me encantó.
Pero, no soy de su propiedad.
Déjame ver si yo también lo entendí.
No estoy segura.
Pero sea como sean las cosas: sigo sin ser yo.
Todavía hay algo que me falta y aunque me duela comprobé que en él no está, me gustaría mucho, sí. Pero no
está, en él no.
No puedo evitar repudiarlo, no por “lo que hizo”, sino por las actitudes. Incluso con el resto, su grupo de
amigos, etcétera. Pero, sin embargo, le tengo un aprecio especial que trato de ocultar, un respeto y una admiración: que al lastimar y todo, poco le importe y pueda ser él. Que esté seguro de si,
que construya su persona día a día sin detenerse en los obstáculos. Sí, definitivamente, eso es admirable; por lo menos para mi.
…
De todas maneras yo admiro aquel que no viva como yo.
Con preocupación y demás, obviamente, pero que puedan seguir. Que tengan la fortaleza de acero. Y que nadad
detenga lo que aman, lo que buscan, lo que les hace feliz.
Es que, no es nada fácil vivir como yo. Mi vida no es un infierno material, me condené yo misma a un
desequilibrio espiritual del que nunca voy a poder salir: no hay nada que me demuestre lo contrario, ningún indicio de crecimiento: madurez.